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«Al calorcito de la lumbre oculta bajo el rescoldo,
dormía el temido Don Gaiferos, gatazo enorme, cartujano, cuyos
erizados bigotes subían y bajaban al compás de su pausada
respiración...
La
guardia ratonil, inmóvil, silenciosa, preparada, mordiendo
ya casi el cartucho, protegía el paso del rey Buby, formando
desde el dormido Don Gaiferos hasta los dos agujeros de entrada
y de salida, el formidable triángulo romano de la batalla
de Ecnoma...
Era
aquello imponente y aterrador...»
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