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«Era
aquello un cuchitril infecto, en que el techo y el suelo se
unían por un lado, y no se separaban lo bastante por el otro,
para dejar cabida a la estatura de un hombre. Entraba por
las innumerables rendijas el viento helado del alba, que ya
clareaba, y veíanse por debajo de la tejavana del techo, grandes
cuajarones de hielo.
No
había allí más muebles que la silla que servía de observatorio
al rey Buby, un cesto de pan vacío, colgado del techo a la
altura de la mano, y en el rincón menos expuesto a la intemperie,
una cama de pajas y de trapos en que dormían abrazados Gilito
y su madre».
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